Skip to content

La evolución de los instrumentos afroperuanos: del pasado al presente

November 6, 2025

La música afroperuana representa una de las expresiones culturales más vibrantes y resilientes del Perú, profundamente enraizada en la historia de resistencia, creatividad e innovación. Los instrumentos que dan vida a este sonido único son mucho más que simples herramientas: son testigos de la diáspora africana, símbolos de identidad cultural y puentes entre generaciones. Desde sus orígenes en los siglos XVI y XVII, los instrumentos afroperuanos han evolucionado continuamente, adaptándose a nuevos contextos sin perder la esencia que define su carácter y fuerza expresiva.

Los orígenes: La creatividad de la resistencia (siglos XVI-XIX)

El contexto colonial y la génesis del cajón

La historia de los instrumentos afroperuanos comienza con un acto de resistencia cultural llevado a cabo por esclavos africanos traídos forzadamente a Perú durante la conquista española. Cuando los españoles prohibieron a los africanos practicar sus tradiciones musicales, incluyendo el toque de sus tambores tradicionales, estos encontraron una solución ingenious: utilizaron cajas de madera ordinarias, inicialmente destinadas al transporte de mercancías, como nuevos instrumentos percusivos.

Este acto de ingenuidad frente a la opresión marcó el surgimiento del cajón peruano, quizás el instrumento afroperuano más emblemático. Los esclavos se reunían en los patios de las haciendas de caña de azúcar y algodón ubicadas en la costa sur, particularmente en zonas como Cañete, Chincha y El Carmen, donde después de las agotadoras jornadas laborales percutían cualquier objeto disponible —sillas, cajas de madera hueca, fragmentos de calabaza— para acompañar sus canciones de melancolía y esperanza.

La transformación del cajón en instrumento definido

Aunque la primera referencia documentada al uso de un cajón data de 1832, cuando un viajero francés lo describió tocándose en la fiesta de Amancaes (celebración limeña de gran importancia en la vida colonial y republicana), no fue hasta el siglo XIX que el instrumento adquirió su forma definitiva.

Porfirio Vásquez Aparicio, destacado músico y descendiente afroperuano nacido en 1902, perfeccionó la construcción del cajón y estableció las proporciones que prevalecen hasta hoy: 47 centímetros de alto, 32 de ancho, y un agujero redondo en la parte central posterior. Vásquez, conocido como “El Patriarca de la Música Negra”, no solo estandarizó el instrumento sino que también fue maestro de la primera Academia Folklórica fundada en Lima en 1949, donde enseñó tanto guitarra como danza. Su influencia fue tan profunda que llegó a ser mentor intelectual de Nicomedes Santa Cruz en los inicios de su carrera como decimista.

Otros instrumentos fundacionales: La diversidad rítmica

Aunque el cajón se convirtió en el instrumento más reconocible de la música afroperuana, la riqueza instrumental del género incluye numerosos otros elementos que enriquecen su sonoridad única.

La quijada de burro

La quijada de burro (también conocida como charrasca, cacharaina o charaina) es otro instrumento de percusión fundamental en la música afroperuana. Elaborada con el maxilar inferior de un burro o caballo hervido y secado, este instrumento produce sonidos distintivos al golpear la dentadura con la palma de la mano o al frotar los dientes con un palillo de madera. Su sonido rasguñoso y crujiente se convirtió en un elemento indispensable de géneros como el festejo y el landó, aportando texturas sonoras que complementan perfectamente los golpes profundos del cajón.

El arpa y la guitarra: La influencia europea reinterpretada

La guitarra y el arpa, instrumentos de origen español, fueron asimilados por la cultura musical costera peruana y se convirtieron en componentes esenciales del acompañamiento melódico. Durante los primeros siglos, estos instrumentos reemplazaron al laúd como base armónica de géneros como la zamacueca. El arpa, en particular, fue tan importante que existe un dicho popular que evoca su importancia: “al pie del arpa y cajeando”, haciendo referencia a la práctica de tocar percusión en la caja del instrumento mientras se tocaba el arpa. Aunque el uso del arpa ha decaído significativamente en la costa central, aún persiste en regiones como Chiclayo, donde algunos músicos continúan esta tradición criolla.

Otros instrumentos complementarios

Otros instrumentos afroperuanos, aunque menos conocidos, contribuyeron al tapiz sonoro de la música negra peruana: la bandola (instrumento de cuerda peninsular caído en desuso), la bandurria, el banjo (llegado desde Norteamérica e incorporado en conjuntos de cuerda para remarcar la primera voz), la angara (instrumento de calabaza redonda), y diversas variaciones de instrumentos de viento y percusión que varían según la región.

Los géneros musicales: Vehículos para la expresión

La evolución de los instrumentos afroperuanos está inseparablemente ligada al desarrollo de los géneros musicales que los utilizan. Estos ritmos encapsulan historias de amor, resistencia, alegría y dolor.

La zamacueca: El precursor mestizo

La zamacueca es quizás el género más antiguo documentado, originario del Virreinato del Perú entre los siglos XVI y XVII. Este baile de pareja suelta, donde se representa el asedio amoroso de una mujer por un hombre, emerge del mestizaje musical entre gitanos y mulatos que habitaban Lima. Su temperamento satírico y su ejecución rebelde de guitarra tienen raíces gitanas, mientras que su forma corista y dulzura proceden de la tradición africana.

La zamacueca original se tocaba principalmente con laúd o arpa, donde se tamborileaba el ritmo, práctica que eventualmente cedería ante la llegada del cajón peruano. Aunque la zamacueca evolucionó hacia géneros como la marinera (conocida como marinera limeña o canto de jarana en su forma clásica), su importancia histórica radica en ser el laboratorio donde se mezclaron las culturas para crear algo completamente nuevo.

El festejo: Danza de alegría y sensualidad

Aunque el poeta Nicomedes Santa Cruz originalmente describía el festejo como un género que se cantaba pero no se bailaba, en 1940 el decimista y bailarín Porfirio Vásquez revolucionó el género al fusionar los pasos del “Son de los Diablos” con los de la resbalosa, creando así un baile que se convirtió en parte integral de la identidad cultural peruana.

El festejo se desarrolló significativamente durante la década de 1970 bajo la dirección de Victoria Santa Cruz, hermana de Nicomedes, quien como directora del Conjunto Nacional de Folclore enfatizó el trabajo de las danzas afroperuanas. Cantantes como Lucila Campos, Eva Ayllón, Arturo “Zambo” Cavero y Cecilia Barraza ampliaron considerablemente el repertorio de festejos, mientras que la base de guitarra fue innovadoramente desarrollada por Vicente Vásquez. Es en el festejo donde el cajón brilla con particular intensidad, produciendo ritmos complejos que demandan una técnica sofisticada de ejecución.

El landó: Melancolía y elegancia

El landó representa la expresión más melancólica de la música afroperuana, derivando de composiciones como el “Toro Mata” popularizado por Cecilia Barraza. Este género lento y elegante permite que los instrumentistas desplieguen toda la profundidad emocional del cajón, con toques suaves que se alternan con golpes precisos que marcan el pulso fundamental.

La evolución de estos géneros

Aunque estos géneros nacieron durante la época colonial, sus máximas expresiones y documentación sistemática llegaron durante lo que los historiadores llaman el “renacimiento afroperuano” de la década de 1950, movimiento que transformaría la percepción y preservación de la cultura negra peruana.

El renacimiento afroperuano (1950 en adelante): La revaloración cultural

Los pioneros del renacimiento

A mediados del siglo XX, el Perú experimentaba cambios sociales y políticos significativos que permitieron la emergencia de nuevos actores sociales en la vida pública. En este contexto nace lo que los historiadores denominan el “renacimiento cultural afroperuano”, fenómeno que impulsó la revaloración sistemática de las tradiciones musicales y danzísticas negras peruanas.

Nicomedes Santa Cruz, reconocido como el padre de este renacimiento cultural, fue mucho más que un simple artista. Poeta, decimista, compositor, productor, director, arreglista y declamador, Santa Cruz se convirtió en la voz literaria de la negritud peruana. Su obra monumental fue complementada por su hermana Victoria Santa Cruz, quien se enfocó especialmente en la danza afroperuana, revolucionando la forma en que se enseñaban y presentaban estas expresiones al público limeño.

Los hermanos Santa Cruz formaron la agrupación Cumana, que realizó un trabajo meticuloso de investigación y revalorización de las prácticas musicales y danzísticas afroperuanas. Lo revolucionario de su enfoque fue la integración del teatro, la creación de coreografías y la composición de nuevas piezas que, aunque imaginadas desde la memoria ancestral y la creatividad contemporánea, pretendían restaurar expresiones que se habían perdido del recuerdo de las comunidades afroperuanas.

El cajón se convierte en patrimonio

El reconocimiento del cajón peruano alcanzó su punto máximo en el año 2001, cuando fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación. Este reconocimiento oficial legitimó la importancia histórica y cultural del instrumento, pero también fue el resultado de décadas de trabajo de promoción realizado por artistas como Nicomedes Santa Cruz, Caitro Soto (músico, cajonero y cantautor afroperuano cuyas obras han recorrido el mundo), Eva Ayllón, y muchos otros que mantuvieron viva la tradición durante momentos en que la industria disquera era reacia a grabar festejos y otros géneros afroperuanos.

La expansión internacional (segunda mitad del siglo XX)

Paco de Lucía y la globalización del cajón

Aunque los artistas afroperuanos habían mantenido viva su tradición durante generaciones, la verdadera explosión internacional del cajón llegó cuando el legendario guitarrista flamenco Paco de Lucía incorporó el instrumento en la música flamenca durante la década de 1970. Este encuentro entre dos tradiciones marginalizadas —el flamenco andaluz y la música afroperuana— creó un nuevo lenguaje musical que cautivó a audiencias en todo el mundo.

La integración del cajón en el flamenco no fue superficial; Paco de Lucía comprendió la profundidad rítmica del instrumento y lo utilizó para expandir las posibilidades sonoras del flamenco, particularmente en sus composiciones más innovadoras. Este gesto de intercambio cultural no solo llevó el cajón a nuevos públicos, sino que también inspiró a músicos de jazz, música clásica contemporánea, y otros géneros a explorar las posibilidades del instrumento.

El jazz afroperuano emerge

Durante la década de 1960, una escena vibrante de jazz comenzó a desarrollarse en Perú, especialmente en Lima. Músicos como Jaime Delgado Aparicio, Manongo Mujica y Nilo Espinoza exploraron la fusión del jazz con los ritmos tradicionales afroperuanos. Lo que emergió fue el “jazz afroperuano”, una variante única del género que fusiona la improvisación y las armonías del jazz con la riqueza rítmica del landó, festejo y zamacueca.

Agrupaciones como Bossa 70, Nils Jazz Ensemble, y Per Jazz se enfocaron en crear un sonido que “suene a Perú”, demostrando que la música afroperuana podía dialogar con géneros contemporáneos sin perder su identidad. Jean Pierre Magnet, saxofonista peruana, se convirtió en un embajador importante de esta fusión, llevando el jazz afroperuano a escenarios internacionales y demostrando la versatilidad del cajón más allá de sus contextos tradicionales.

La nueva música afroperuana

En los últimos dos décadas, la música afroperuana ha experimentado una transformación radical mientras mantiene profundas conexiones con sus raíces. Lo que se denomina la “Nueva Música Afroperuana” representa una búsqueda consciente por construir un sonido que sea simultáneamente ancestral e innovador.

Artistas como Araceli Poma, con su propuesta “afroandina” desde Nueva York, desafían las categorías tradicionales de la música peruana, creando encuentros entre ritmos afroperuanos y elementos andinos. La agrupación Lundú, basada en Arequipa, ha desarrollado un nuevo lenguaje musical que incorpora influencias desde el sur peruano. Las Guerreras de la Música Afroperuana, bajo la iniciativa de plataformas como Just Play, han documentado encuentros fascinantes entre la música afroperuana y artistas del jazz y música mundial.

Novalima y la electrónica afroperuana

Quizás la propuesta más visiblemente contemporánea proviene de Novalima, agrupación que fusiona la música afroperuana tradicional con elementos electrónicos y contemporáneos. Novalima ha alcanzado reconocimiento internacional, presentándose en festivales globales como “Sonic Pluriverse 2025” en Berlín, donde demostraron cómo el cajón y la quijada de burro pueden ser reinterpretados en contextos digitales sin perder su potencia cultural.

Esta agrupación es particularmente importante porque representa cómo los instrumentos afroperuanos evolucionan sin ser colonizados por géneros externos; en cambio, la música afroperuana mantiene su centralidad mientras absorbe nuevas influencias, una repetición del mismo proceso creativo que caracterizó sus inicios durante la época colonial.

Fusiones contemporáneas en múltiples direcciones

Daniel Bazán Jr. ha desarrollado un sonido urbano y jazzero que combina ritmos negros peruanos con elementos hip-hop y contemporáneos. La presencia de música afroperuana en escenarios tan diversos como la escena de jazz de Sidney, Australia, donde agrupaciones como Ally combinan cajón peruano con saxofones y trompetas para explorar la “bass culture”, demuestra que los instrumentos afroperuanos ahora habitan múltiples espacios musicales globales sin restricción de género.

Agrupaciones como Afroperu continúan realizando trabajos de investigación histórica similar a los iniciados por los hermanos Santa Cruz, presentando arreglos contemporáneos de composiciones tradicionales en espacios prestigiosos como el Gran Teatro Nacional, demostrando que la tradición y la innovación no son fuerzas opuestas sino compañeras en la evolución cultural.

El renacimiento continúa en el presente

El trabajo de revaloración cultural iniciado por Nicomedes y Victoria Santa Cruz continúa vigente en el presente. Las plataformas digitales han revolucionado la forma en que la música afroperuana se difunde y se aprende, particularmente desde la pandemia de COVID-19. Asociaciones culturales como Kilombo y Lundú, ubicadas en Chiclayo (histórico epicentro de la cultura afroperuana), han utilizado redes sociales como Facebook para llegar a nuevas audiencias, particularmente jóvenes, que descubren estos ritmos a través de nuevas formas de contar las historias que portan.

El Festival Criollo Afroperuano, en su 5ta edición en 2025, continúa siendo un espacio donde miles de personas se reúnen en Lima para celebrar la música afroperuana en vivo, con masterclases, performances de danza, y presentaciones de artistas que mantienen viva la tradición mientras la adaptan a contextos contemporáneos.

La técnica como identidad

Un elemento notable en la evolución de los instrumentos afroperuanos es la insistencia de los músicos en enfatizar la dificultad técnica de su ejecución como rasgo distintivo. La forma en que se toca el cajón —con precisión rítmica exigente, diferenciación clara entre tonos agudos y graves dependiendo de la zona del instrumento golpeada, integración de técnicas sofisticadas con dedos y palmas— representa una afirmación de sofisticación cultural que contradice estereotipos coloniales que infantilizaban la música africana.

Esta insistencia en la técnica como identidad es importante porque desafía la noción de que la música afroperuana es “simple” o “primitiva”. Por el contrario, la ejecución del cajón, el festejo, o el landó requiere años de práctica dedicada y comprensión profunda de estructuras rítmicas complejas que frecuentemente incorporan polirritmias y variaciones sutiles que solo oídos entrenados pueden percibir completamente.

Una evolución que continúa

La evolución de los instrumentos afroperuanos representa mucho más que el cambio de formas y sonoridades. Es la historia de la creatividad humana enfrentándose a la represión, de comunidades que transformaron la miseria en belleza, y de cómo la cultura puede persistir, mutar y florecer a través de siglos de transformación.

Desde las cajas de madera improvisadas en haciendas coloniales hasta presentaciones en festivales internacionales de música electrónica, los instrumentos afroperuanos han demostrado una capacidad notable de adaptación sin pérdida de identidad. Hoy, mientras el cajón es tocado por múltiples generaciones en múltiples continentes, mientras la quijada de burro resuena en espacios que nunca podrían haber sido imaginados por sus inventores, la música afroperuana continúa siendo lo que siempre fue: un acto de resistencia, una afirmación de dignidad, y una invitación a todos aquellos dispuestos a escuchar a ser parte de una tradición que es, paradójicamente, profundamente antigua y sorprendentemente contemporánea.

La evolución de estos instrumentos no ha terminado. Mientras nuevos artistas continúen reinterpretando tradiciones, mientras plataformas digitales permitan que jóvenes urbanos descubran géneros que sus abuelos cantaban, mientras músicos en cualquier parte del mundo puedan tocar un cajón y conectar con siglos de historia, estos instrumentos seguirán evolucionando. Su futuro, como su pasado, será escrito por aquellos que aman lo que representan suficientemente como para transformarlo sin destruirlo.