Skip to content

Festividades y rituales afroperuanos: qué ocurren, cuándo y por qué

November 6, 2025

Las festividades y rituales afroperuanos constituyen un tapiz cultural extraordinariamente complejo que teje tradiciones católicas heredadas de la colonia con creencias africanas profundamente enraizadas, junto con elementos del mundo andino prehispánico. Estas expresiones no son meramente folclóricas ni ornamentales; son actos de fe, resistencia, identidad y preservación de una memoria colectiva que ha sobrevivido siglos de marginalización. Cada celebración, cada ritual, cada procesión cuenta una historia de sincretismo vital, donde lo espiritual y lo comunitario se entrelazan de maneras que desafían las categorías coloniales que originalmente las crearon.

El Mes de la Cultura Afroperuana (Junio): Reconocimiento institucional de la identidad

Una celebración nacional moderna

El Mes de la Cultura Afroperuana se conmemora durante junio, una decisión simbólica que concentra las fechas más importantes en la historia de la comunidad afroperuana peruana en un solo período de visibilidad institucional. Esta celebración nacional fue oficialmente instituida en 2014 mediante Resolución Ministerial 182-2014 del Ministerio de Cultura, aunque su piedra fundamental se había colocado años antes.

El punto central del mes es el 4 de junio, declarado Día de la Cultura Afroperuana en 2006 mediante Decreto Ley Nº 28761 del Congreso de la República. Esta fecha no fue elegida arbitrariamente; fue designada en homenaje al nacimiento de Nicomedes Santa Cruz el 4 de junio de 1925, reconocido mundialmente como poeta, decimista, periodista, investigador y defensor crucial del patrimonio cultural inmaterial afroperuano. La selección de esta fecha es un reconocimiento institucional de que la revaloración de la cultura afroperuana en tiempos modernos está profundamente ligada a una persona que transformó la relación de Perú consigo mismo.

Actividades durante el mes

Durante todo junio, el Ministerio de Cultura, en coordinación con entidades desconcentradas de cultura, gobiernos locales y organizaciones de la sociedad civil, promueve más de 50 actividades culturales distribuidas a lo largo del país. Estas incluyen festivales de música y danza, conversatorios académicos, exposiciones fotográficas, homenajes a artistas, mesas de discusión sobre identidad y racismo, y reconocimientos de personalidades meritorias de la cultura afroperuana.

El Festival Criollo Afroperuano, actualmente en su 5ta edición, se realiza durante junio y representa una celebración especialmente vibrante donde miles de limeños se reúnen en espacios públicos como la Plazuela Buenos Aires en los Barrios Altos para disfrutar de actuaciones en vivo, talleres culturales, gastronomía afroperuana y artesanías tradicionales. Otros festivales como “África en el Alma” y la Feria Perú Afro Emprendedor amplían la visibilidad de emprendimientos culturales y creativos afroperuanos, permitiendo que artistas, músicos, danzarines y productores culturales accedan a públicos masivos.

El Festival del Cajón Peruano, realizado generalmente en agosto pero íntimamente vinculado a la celebración de la cultura afroperuana, congregó en su edición 2025 a más de mil personas en el Museo de Arte de Lima (MALI), donde actividades participativas como la “Gran Cajoneada” permitieron a decenas de personas tocar simultáneamente este patrimonio cultural reconocido nacionalmente.

La Semana Santa Afroperuana: Fe, procesión y sincretismo católico

La Semana Santa en Chincha y Cañete

La Semana Santa en la costa sur del Perú, particularmente en regiones como Chincha y Cañete, es una manifestación extraordinaria de cómo la fe católica se expresa a través de sensibilidades culturales afroperuanas. La celebración comienza con rituales ancestrales como el Viernes de Dolores, cuando la Virgen Dolorosa es venerada en procesiones que recorren las calles. Sin embargo, a diferencia de las procesiones en otros contextos peruanos, la Semana Santa afroperuana integra música, zapateo afroperuano, y una participación comunitaria que transforma el fervor religioso en expresión artística simultáneamente.

Durante los diez días que median desde el Viernes de Dolores hasta el domingo de Resurrección, toda la región participa en ceremonias litúrgicas intensas. El Jueves Santo conmemora la Última Cena de Jesús con sus apóstoles y es acompañado de ceremonias de lavatorio de pies. El Viernes Santo es descrito como un día de luto profundo, donde el pueblo comparte el sufrimiento de Jesús sabiendo que la resurrección llegará al día siguiente. Durante estas procesiones, músicos recorren tanto iglesias como cementerios interpretando huaynos andinos tradicionales y atendiendo dedicatorias musicales específicas a tumbas particulares, creando un diálogo sonoro entre los vivos y los muertos.

Lo que distingue profundamente la Semana Santa afroperuana es su carácter participativo y comunitario. Las procesiones no son espectáculos observacionales sino eventos donde toda la comunidad es activo partícipe. Sacerdotes se desplazan entre los asistentes bendiciéndolos, mientras guían oraciones que marcan una conversación melódica con la música. El día está lleno de risas, relatos, y recordatorios de los viajes, bromas e hitos de los ancestros y antepasados que ya han fallecido.

El sincretismo como expresión teológica

La Semana Santa afroperuana ejemplifica perfectamente lo que los investigadores denominan “sincretismo religioso” —no como corrupción o confusión de tradiciones, sino como acto creativo de síntesis donde múltiples corrientes culturales convergen. La fe católica heredada del coloniaje español se mezcla con creencias africanas sobre la relación entre vivos y muertos, con el sistema de reciprocidad andino que considera a los ancestros como participantes activos en la vida comunitaria.

El Viernes Santo, particularmente con la procesión del Santo Sepulcro, representa una dramatización de la muerte de Cristo que ha sido reinterpretada a través de sensibilidades afroperuanas. La música no es accidental sino central; representa la voz de la comunidad afroperuana hablando a través de una narrativa católica. Así, el sincretismo no es fragmentación sino síntesis: la población afroperuana asimiló el catolicismo y lo transformó en algo nuevo, algo propio.

Festividades de Santos Patronos: Los Tres Santos Negros

San Benito de Palermo, Santa Efigenia y San Martín de Porres

Uno de los pilares de la religiosidad afroperuana es la veneración de tres santos específicos designados como protectores del arte afroperuano: San Benito de Palermo, Santa Efigenia y San Martín de Porres. Estos santos no fueron seleccionados arbitrariamente sino porque, a través de la iconografía católica, representaban aspectos identificables con la experiencia afroperuana. San Benito de Palermo fue un monje benedictino italo-africano cuya vida ejemplificaba la virtud a pesar de la marginalización. Santa Efigenia, considerada la santa afro más antigua conocida en la historia católica, ha sido tradicionalmente asociada con la protección del arte negro. San Martín de Porres fue un santo peruano de origen afroperuano canonizado, quien trabajó entre los pobres y marginados.

El 12 de agosto se conmemora el Día del Arte Negro, establecido en 1971 con la realización del primer Festival de Arte Negro Peruano. Esta festividad es ahora el momento más importante en el calendario afroperuano, especialmente en provincia de Cañete, donde se celebra con una misa solemne seguida por una procesión de los Tres Santos Negros. La celebración incluye un pasacalle donde los elencos de danzas negras locales, invitados, colegios, universidades y agrupaciones de diversos barrios compiten en desfiles competitivos. Por la tarde, la municipalidad reconoce a personalidades del arte negro en ceremonias de premiación donde se otorga la Medalla del Arte Negro.

Manifestaciones festivas de los Tres Santos

Lo particularmente notable de las celebraciones de los Tres Santos Negros es cómo la veneración religiosa se desborda constantemente hacia la expresión artística desinhibida. Los santos, dramatizados por bailarines disfrazados y enmascarados, “danzan festejo” durante sus propias procesiones, saltando, girando, bajando y subiendo por las calles. Como testimonios contemporáneos describen, los santos—Santa Efigenia, San Benito de Palermo y San Martín de Porres—”desempolvan sus mejores trajes, han atravesado los campos”, llegando a recibir aplausos y sonrisas del público que reacciona no con solemnidad sino con gozo contagioso.

La canción que acompaña este evento reza: “San Benito y San Martín van en busca de Santa Efigenia para armar un jaranón con toda la gente morena”. Este verso, que literalmente significa “para armar un alboroto/juerga con toda la gente morena”, captura perfectamente la naturaleza de estas celebraciones: la fe religiosa y la alegría comunitaria son inseparables. El “jaranón” (juerga, celebración desenfrenada) es el lugar donde la devoción espiritual se expresa plenamente.

El Atajo de Negritos: Navidad, Devoción y Zapateo

Origen y significado histórico

El Atajo de Negritos (también conocido como Hatajo de Negritos, inscrito en 2019 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por UNESCO) es una de las expresiones rituales más antiguas del Perú afroperuano. Originario del departamento de Ica, particularmente del distrito de El Carmen en la provincia de Chincha, el Atajo de Negritos representa la confluencia de tres corrientes culturales: valores del mundo andino prehispánico, catolicismo europeo, y la herencia de ritmos musicales africanos traídos durante la época colonial.

Históricamente, el término “negro” en este contexto no aludía al color de la piel sino a denominaciones coloniales para los “no bautizados” (también llamados “moros”). Durante la hegemonía de la cultura occidental y cristiana en la época colonial, particularmente entre Navidad y la Bajada de Reyes (6 de enero), la Iglesia utilizaba danzas y música como herramienta de incorporación de nuevos cristianos. Así, las Danzas de Negritos emergieron como una forma teatral que dramatizaba el acto de conversión espiritual, aunque con el tiempo, sus significados se reinterpretaron completamente a través de las sensibilidades afroperuanas.

Estructura y características de la celebración

El Atajo de Negritos se baila durante dos momentos cruciales en el calendario religioso afroperuano: el 24 de diciembre (Navidad) y el 26-27 de diciembre (festividad de la Virgen del Carmen), con una extensión al 6 de enero para la Bajada de Reyes. La danza es ejecutada exclusivamente por varones que zapatean al son de un violín y campanillas, mientras entonan canciones de devoción. El zapateo no es meramente un acompañamiento rítmico sino el corazón técnico de la expresión: cada golpe del pie contra el suelo marca un patrón rítmico que requiere años de entrenamiento para dominar.

Los atajadores (bailarines del atajo) visten con atuendos específicos: pantalones de vestir (tradicionalmente del mismo color para todo el grupo), camisas blancas, zapatos de suela, chicotes, campanillas de bronce, y dos bandas cruzadas en el torso adornadas con cascabeles y cintas de colores. La vestimenta misma es un acto de representación ritual; no es casual sino cuidadosamente codificada para expresar identidad comunitaria.

El significado espiritual del Atajo

Lo revolucionario del Atajo de Negritos es cómo dramatiza la experiencia afroperuana dentro de una narrativa católica. Los atajadores recorren las iglesias, plazas públicas y hogares familiares donde se encuentran “nacimientos” (representaciones del pesebre navideño) durante diciembre y enero. Su propósito es venerar al Niño Jesús, pero lo hacen a través de sus propios cuerpos, sus propios ritmos, su propia energía cultural.

La danza expresa, según investigadores, “las vicisitudes de la comunidad afroperuana, quienes viviendo en condición de esclavos en la época de la colonia, realizaban la adoración al niño expresando su devoción y todas las dificultades de la vida en el campo”. Es decir, cuando los atajadores zapatean ante una representación del Niño Jesús, no simplemente celebran un evento religioso; teatralizan la historia de opresión, resistencia y fe de sus propias comunidades.

Las jóvenes generaciones se familiarizan con el Atajo de Negritos desde la más tierna infancia, aprendiendo a cantar villancicos navideños afroperuanos mientras los adultos enseñan los complejos pasos de zapateo. Así, la tradición se transmite no como imposición sino como legado corporizado, integrado en la memoria muscular de cada nueva generación.

Las Pallitas: La manifestación femenina

Complementaria al Atajo de Negritos existe “Las Pallitas”, danza ejecutada exclusivamente por mujeres que zapatean y cantan al son de guitarras. Ambas danzas son consideradas manifestaciones bíblicas de la visita de los pastores al Niño Jesús y de la llegada de los Reyes Magos. La estructura de “Las Pallitas” es similar: mujeres recorren plazas, iglesias y hogares, pero su expresión es articulada a través de movimientos corporales y vocales específicamente femeninos. Cuando tanto el Atajo de Negritos como Las Pallitas se presentan juntos, el espectáculo alcanza complejidad extraordinaria: dos grupos ejecutando zapateos complementarios, cantando a dos voces, creando un diálogo musical y corporal que dramatiza la adoración comunitaria.

La Festividad de la Virgen del Carmen: Sincretismo en acción

Dos momentos, una devoción

La Virgen del Carmen es venerada en dos momentos específicos del calendario afroperuano: el tercer sábado/domingo de julio (principalmente el 16 de julio) y el 27 de diciembre. Sin embargo, el concepto de “festividad” en este contexto no implica simplemente un día de celebración sino un período de varias semanas donde cultos, procesiones y celebraciones son realizados repetidamente.

En la tradición de Chincha, particularmente en el distrito de El Carmen, la procesión más famosa es la de “La Peoncita”, que recorre el distrito durante los meses de julio y diciembre. “La Peoncita” es el nombre cariñoso dado a una pequeña representación de la Virgen del Carmen, y su procesión es acompañada por “una nutrida representación afromestiza que celebra con música y bailes a su patrona”, convirtiéndose en una devoción “llena de matices y fuertemente cargada de significados”.

Ritual y significado de la procesión

Cuando la imagen de la Virgen del Carmen sale del templo para recorrer las calles de El Carmen, el evento transforma el espacio urbano. La presencia de la Virgen, acompañada por un séquito popular que la aclama entre aplausos y vivas, convierte las calles ordinarias de la comunidad en espacios sagrados cargados de significado. Músicos afroperuanos tocan instrumentos tradicionales, bailarines ejecutan danzas de devoción, y el pueblo participa en una expresión de fe que es simultáneamente profundamente personal y colectivamente celebrada.

Lo notable es que esta celebración no es meramente observada sino que extiende ese carácter sagrado desde el templo hacia el resto de la comunidad. Como investigadores del sincretismo han documentado, la procesión convierte “al fiel y al que no lo es en un elemento activo de la religión”. Así, la Virgen del Carmen se convierte en un símbolo que unifica: su imagen es admirada y devocionada por el pueblo, fomentando religiosidad popular tanto entre los fieles de la localidad como entre visitantes y extraños que se sienten atraídos por la energía contagiosa de la celebración.

La Virgen del Carmen como mediadora

La devoción a la Virgen del Carmen en el contexto afroperuano representa algo único: una reconfiguración de la iconografía católica colonial para reflejar experiencias afroperuanas específicas. La Virgen, en tradición católica universal, es símbolo de la maternidad compasiva. En el contexto afroperuano, adquiere capas adicionales de significado: es la madre protectora, la mediadora entre la comunidad y lo divino, la defensora de los marginados.

La ropa ceremonial, la música de guitarra criolla, el zapateo que acompaña la procesión: todos estos elementos transforman la Virgen del Carmen de una figura distante, exclusivamente católica, en una presencia comunitaria íntimamente afroperuana. El sincretismo no es aquí corrupción sino recontextualización; la población afroperuana asimiló el símbolo católico y lo incorporó en sus propias estructuras de significado.

Las Cofradías: Hermandades religiosas como espacios de poder comunitario

Historia colonial de las hermandades

Aunque las celebraciones contemporáneas capturan la visibilidad de la cultura afroperuana, sus raíces institucionales se encuentran en las cofradías (también llamadas hermandades), organizaciones religiosas que emergieron durante la época colonial. Estas estructuras fueron, paradójicamente, fomentadas por la Iglesia católica, que encontró que los africanos y sus descendientes no eran admitidos en las cofradías de los españoles europeos ni en las de los indígenas. Así, la Iglesia autorizó que afroperuanos formaran sus propias hermandades.

Durante el siglo XVI, se fundaron un total de 16 cofradías integradas por afroperuanos en ciudades como Lima, donde la población de color constituía un porcentaje significativo. Estas cofradías fueron mucho más que simples organizaciones religiosas; fueron estructuras de poder comunitario, espacios donde afroperuanos podían ejercer autoridad sobre sus propios asuntos, elegir mayordomos (líderes de la hermandad), y organizar procesiones y celebraciones.

Funciones sociales y políticas

Las cofradías afroperuanas sirvieron múltiples funciones. Proporcionaban seguro fúnebre (garantizando que miembros fallecidos recibieran entierros dignos), organizaban festividades, preservaban identidades comunitarias específicas, y algunas veces funcionaban como espacios de resistencia discreta. Los documentos coloniales frecuentemente expresaban preocupación sobre “fiestas de cofradías de negros, indios y mulatos donde se baila, se cantan cantos escandalosos con pretexto de piedad”. Esta inquietud oficial revela que la Iglesia, aunque permitía estas hermandades, permanecía temerosa de que sirvieran como espacios donde la comunidad afroperuana ejercería poder y autonomía.

Rituales cotidianos: El Día de Muertos afroperuano

Día de Todos los Santos y Día de Muertos (1-2 de noviembre)

Aunque el Día de Muertos es celebrado en toda Perú (el 1 de noviembre como Día de Todos los Santos y el 2 de noviembre como Día de Muertos), la práctica afroperuana presenta características distintivas. Mientras que en los Andes peruanos la tradición enfatiza las tantawawas (panes rituales con forma de bebés que representan almas) y coronas de flores, la observancia afroperuana en zonas costales enfatiza una relación más inmediata con los difuntos.

Las familias afroperuanas visitan cementerios para limpiar y decorar tumbas, pero también llevan comidas y bebidas favoritas de los difuntos. Algunos historiadores argumentan que esta práctica refleja el sistema de reciprocidad andino adaptado a contextos afroperuanos: se sirve comida a los difuntos, asumiendo que sus espíritus aún participan en la comunidad, y luego se comparte la comida entre los vivos. Así, el acto de compartir comida se convierte en un ritual de comunión intergeneracional donde los límites entre vivos y muertos se desdibujan.

Rituales contemporáneos: Preservación y reinterpretación

La Danza de Negritos rescatada (2017)

Un ejemplo revelador de la naturaleza viva de los rituales afroperuanos es la historia de la Danza de Negritos en San Luis de Cañete. Esta danza había sido practicada durante siglos como tradición comunitaria, pero fue discontinuada durante aproximadamente 50 años—una desaparición probablemente causada por cambios sociales, migración urbana, y marginación cultural. En 2017, grupos comunitarios como la Agrupación Afro San Luis realizaron un esfuerzo consciente de rescate, recreando la danza basándose en memorias ancestrales y registros históricos.

Ahora, cada 25 de diciembre, la Cuadrilla de la Danza de Negritos de la Agrupación sale a venerar “nacimientos de Navidad” en diversas casas del pueblo, restableciendo una tradición que parecía perdida. Este acto de rescate es político: no es simplemente revivir un folclor muerto, sino una aseveración de que la historia afroperuana es viva, que sus tradiciones merecen continuidad, y que las nuevas generaciones tienen responsabilidad de transmisión.

Festival Criollo Afroperuano y espacios de celebración contemporánea

La 5ta Edición del Festival Criollo Afroperuano, celebrada en junio de 2025 en la Plazuela Buenos Aires en los Barrios Altos de Lima, representa la expansión de estas festividades hacia espacios urbanos, comerciales y mediáticos. El evento reunió a miles de personas en espacios públicos, con entrada libre, demostrando cómo la cultura afroperuana ha logrado escalar desde celebraciones comunitarias locales hacia eventos de visibilidad metropolitana.

Este festival incluye no solo presentaciones de danza y música sino también ferias de emprendimiento cultural, espacios educativos, y actividades gastronómicas, transformando la celebración tradicional en una plataforma integral donde múltiples dimensiones de la vida afroperuana (cultural, económica, artística) se entrelazan en un mismo espacio.

El calendario afroperuano de Cañete: Un modelo de celebración integrada

Para comprender la densidad de festividadades afroperuanas, el calendario completo de Cañete resulta revelador. Apenas en una provincia de la costa sur, las celebraciones incluyen:

  • Semana de San Luis de Cañete (segundo período de enero) con su Festival Negro
  • Carnaval Negro de San Luis (cuarto sábado de febrero)
  • Semana Santa (marzo-abril) con procesiones que involucran participación afroperuana
  • Mes de la Cultura Afroperuana (junio) con ceremonias y festivales artísticos
  • Fiesta Patronal de la Virgen del Carmen (tercer sábado/domingo de julio)
  • Día del Arte Negro (12 de agosto) con procesión de los Tres Santos Negros
  • Fiesta Patronal de Santa Efigenia (21 de setiembre)
  • Navidad Negra (diciembre) con presentaciones de danzas afroperuanas
  • Danza de Negritos (25 de diciembre)

Esta densidad revela que la vida ritual afroperuana no es episódica sino continua: casi cada mes del año incluye una festividad específica que enfatiza algún aspecto particular de la identidad afroperuana.

Por qué ocurren: Las raíces profundas del ritual afroperuano

La pregunta “por qué” subyace tras todas estas festividades. Los rituales afroperuanos ocurren porque responden a necesidades profundas: necesidad de preservación de memoria en contextos de marginalización persistente, necesidad de afirmación comunitaria en sociedades que históricamente negaban la dignidad afroperuana, necesidad de expresión corporal y artística en contextos coloniales que las reprimían.

Cada procesión es un acto de reclamo: reclamar las calles como espacio propio, reclamar visibilidad, reclamar el derecho a nombrar lo sagrado desde sensibilidades afroperuanas específicas. Cada zapateo es un acto de resistencia: resistencia a la asimilación completa en las formas coloniales, resistencia a la invisibilización, resistencia a la negación de ancestralidad africana.

Simultáneamente, estos rituales ocurren porque funcionan: generan cohesión comunitaria, transmiten conocimiento intergeneracional, permiten que trauma histórico sea procesado a través de expresión artística, y crean espacios donde la comunidad afroperuana puede experimentarse a sí misma como sujeto histórico activo, no como objeto pasivo de historia externa.

Festividades como patrimonio vivo

Las festividades y rituales afroperuanos no son vestigios del pasado relegados a museos o documentación académica. Son, por el contrario, prácticas vivas que evolucionan constantemente. El rescate de la Danza de Negritos en 2017 demuestra que pueden ser recreadas. El Festival Criollo Afroperuano congregando a miles de personas en 2025 demuestra que pueden ser recontextualizadas para públicos contemporáneos. La inscripción del Atajo de Negritos en el Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO demuestra que pueden ser reconocidas por instituciones globales.

Sin embargo, también permanecen en riesgo: riesgos de desaparición por cambios sociodemográficos, riesgos de transformación superficial en simulacros turísticos, riesgos de fragmentación cuando las nuevas generaciones migran hacia contextos urbanos donde estas tradiciones parecen menos relevantes.

La continuidad de estas festividades depende de comunidades afroperuanas que decidan deliberadamente mantenerlas vivas, que enseñen a sus hijos los pasos del zapateo, que inviertan tiempo y recursos en preservar memorias encarnadas, que transformen rituales coloniales en actos de poder contemporáneo. Cada procesión de la Virgen del Carmen, cada zapateo del Atajo de Negritos, cada celebración de los Tres Santos Negros es, entonces, un acto revolucionario: la afirmación de que la vida afroperuana importa, que sus formas de estar en el mundo son válidas, y que su futuro será escrito por sus propias manos.